Conchi González Cuéllar.– Cada día me asusta más ir al supermercado. Antes era una distracción, en medio del trabajo de toda la semana, pero he pasado de disfrutar recorriendo los pasillos con el carrito en mano y poniendo dentro todo aquello que consideraba importante y sano para la alimentación familiar, a sufrir con ello. Y el sufrimiento viene de no saber qué comprar, porque cada vez encuentro menos cosas sanas que echar al carro.

La leche ya no estoy segura de que sea leche; los yogures tampoco son realmente yogur, porque los lácteos especialmente vienen enriquecidos con vitaminas y calcio, como si fueran productos de farmacia en lugar de alimentos; las verduras nunca sabemos qué dosis ni qué tipo de herbicidas y químicos traen incorporados; las carnes son de animales alimentados con piensos y hormonas y criados en naves preparadas para un crecimiento rápido; el pescado puede estar contaminado y a menudo nos recuerdan la larga lista de especies envenenadas con mercurio y plástico; otros llegan de piscifactorías y han sido alimentados con piensos compuestos; la mayoría de productos envasados contienen ácidos grasos trans, conservantes y colorantes; los dulces están elaborados a base de harinas que dicen están mezcladas con productos incomestibles y endulzados con azúcares refinados; en internet circulan videos donde se ve cómo fabrican arroz e incluso lechugas con plásticos de la basura (nunca sabemos si es cierto o son montajes, pero los videos están presentes en el recuerdo cuando vamos a comprar, y siempre queda la duda); y hasta hemos visto gusanitos en cuyas bolsas dice que son cien por cien maíz pero nunca se descomponen, los mosquitos no se les acercan y con una cerilla arden como el mejor de los combustibles…

Qué es verdad y qué es mentira de todo esto es difícil de comprobar para el ciudadano de a pié, entre los cuales me encuentro, pero lo cierto es que cuando me paseo con el carrito por los pasillos del súper y voy viendo todos estos productos, no puedo evitar pensar en el efecto que tendrán sobre nuestro organismo y por ende sobre nuestra salud.

¿Alguien recuerda el verdadero sabor de un tomate? ¿El de una patata? Yo lo había olvidado. Lo recordé hace unos años en Guinea Bissau donde aún no habían entrado los abonos químicos, ni los herbicidas ni los plaguicidas. Las piezas eran muy pequeñas. Los tomates tenían el tamaño de una ciruela y las patatas eran solo un poco más grandes, pero estaban tan sabrosos que cuando los probé la memoria me llevó de vuelta a la infancia. Una ya tiene algunos añitos, y por suerte, los que ya superamos los  cuarenta y tantos hemos podido saborear alimentos de verdad en nuestra niñez. La leche se compraba a granel en la lechería, y sabía a leche; el queso lo hacía una vecina del pueblo de al lado de sus cabras recién ordeñadas; las verduras sabían a verduras porque aún no se había introducido la química en los cultivos; los bizcochos se hacían en casa, en el horno, con ingredientes naturales; etc, etc, etc.

En Guinea Bissau pasé tres semanas trabajando, y el efecto de esas semanas me duró casi un mes. Me sentía ágil, enérgica y sobre todo con una claridad mental como no recordaba haber tenido en mucho tiempo.

Tuve una experiencia similar poco después en Etiopía, donde ¡podía desayunar con leche! -alimento eliminado de mi dieta hacía tiempo por mi médico porque me impedía las digestiones-. Pero la leche en Etiopía era natural y mi estómago la aceptaba con gusto. ¡Desayunos inolvidables! Lo mismo me ocurrió con otros alimentos que consumí allí.

En los últimos tres años he pasado varias temporadas con mis amigos de la tribu, a quienes tanto menciono. Ellos se preocupan mucho de cuidar su salud y para eso saben que tienen que empezar por la alimentación. Por eso cultivan sus productos en la huerta, sin química; crían a sus animales en libertad y de ellos obtienen leche, carne y huevos; trabajan sus colmenas y recolectan miel; incluso plantan su propia espelta para tener harina para sus panes que luego les quitan de las manos en los mercados donde los van a vender, porque además de sanos están deliciosos.

Cuando no estoy en la tribu procuro comer alimentos ecológicos, pero ni son fáciles de encontrar con la garantía de que lo sean, ni la economía alcanza para consumirlos constantemente.

Alguien decía en una ocasión: “Somos lo que comemos”, y cada vez me convenzo más de que es cierto. Una alimentación sana puede evitar úlceras, colesterol, hipertensión, dolores de cabeza, trastornos del hígado y muchas cosas más que llevaría tiempo enumerar. Y eso pasa por lo natural. Los alimentos procesados, refinados, pasteurizados y adulterados con todo tipo de conservantes, colorantes y potenciadores de sabor son un problema para nuestro hígado y para nuestros riñones, que son los filtros con los que contamos, y si esos filtros se saturan es lógico pensar que el resto del organismo se sature también y termine en la enfermedad.

En teoría existen controles sanitarios para los productos alimenticios. En la práctica me gustaría saber con qué vara miden la calidad de los mismos y por qué hay tantos alimentos artificiales en el súper. Tantos, que cuando voy a comprar me asusta echarlos al carrito.

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