OPINIÓN

F. Javier Alvarez de Cienfuegos Coiduras.- Acabo de enterarme por las redes sociales que la noche de ayer, domingo 18 de agosto, acogió en el Club Náutico de Motril el reencuentro de la promoción 1982-86 del Instituto Francisco Javier de Burgos. Y me quiero unir al homenaje.

Allá por los sesenta y tantos, o sea, en el paleolítico, un puñado de intelectuales motrileños, aglutinados por la “Asociación para el Fomento de la Cultura”, plantaron cara al caciquismo imperante, cuya expresión más hedionda es la célebre frase de un “prócer” de por aquí, que dijo aquello de que, si se abrían institutos de enseñanza media en Motril “¿Qué mano de obra iba a quedar para labrar la vega?” Algo parecido al “muera la inteligencia” del bárbaro de Millán Astray, sólo que en cazurro.

Fue en aquel ambiente cuando los de mi entusiasta promoción inauguramos el flamante Instituto “de abajo”, también llamado “de los señoricos”. En aparente contradicción, el “de arriba” (entonces el Instituto Laboral), expresión que denotaría una idea de superioridad, era conocido, sin embargo, como el “de los pobres”. ¡Qué cosas ocurrían por aquél entonces!

Ciento treinta y cinco benditas pesetas pagué –o, mejor dicho, pagó mi padre- por el traslado de expediente desde el austero Instituto Padre Suárez de Granada, al que hasta entonces estuve adscrito como alumno libre, hacia los tranquilos y soleados pagos del Majuelo, terruño motrileño de la nueva institución.

He dicho que éramos una promoción de entusiastas. Pero no sólo nosotros. También puso su pie en Motril, tan fértil por su tierra, tan mustia por su cultura, una legación de personajes insólitos por estas latitudes: los profesores de Instituto; piezas que, hasta entonces, no se conocieron por estos lares.

Pero a lo que iba; en aquel meandro de la Rambla del Piojo se impartía enseñanza de calidad.

Coincidió mi promoción con una generación de profesores que se merece, por lo menos, el homenaje de nuestro recuerdo; y no me arrepentiré de que éste pueda parecer emocionado -porque lo es-, ni, menos aún, parcial -por ser emocionado-.

Alicia (Martínez), tú fuiste la primera directora. Sobre ti cayó el marrón (id est, contratiempo u obligación ingrata) de la apertura del Instituto. Tú, sin embargo, en tu femenina “fragilidad”, supiste contener y encauzar con energía la estampía de motrileños sin desbravar que campábamos por aulas, pasillos y recreos. Pero tu mano, blanca y amable, amansó a las fieras. Querida e inolvidable Alicia, perdurarás en nuestro recuerdo.

Emilio (Siles), Jefe de Estudios for ever. Con tu pipa de gentleman, que mostraba urbi et orbi tu condición de profesor de inglés, era raro no encontrarte transitando, en afanoso trajín, por cualquier espacio de ese inmueble que todavía olía a pintura y a recién estrenado; siempre me pareció -y ahora más todavía-, que eras consustancial al Instituto y a la institución. Un crack, vamos.

Joaquín (Alcázar), la intelectualidad revestida de calidad humana. En tu clase de Literatura, a la que algunas veces hasta te traías un “picú” (Don Emilio Siles aquí escribiría pick-up), escuchábamos y comentábamos los versos de algunos poetas proscritos, Antonio Machado, García Lorca, Miguel Hernández (“La cebolla es escarcha cerrada y pobre”) y tantos otros. Nos enseñaste, partiendo de los valores universales de la literatura, a respetar el pensamiento de los demás aunque no coincidiera con el nuestro y a ser intolerantes con la injusticia.

María del Carmen (Sobrón), desde tu norteño Logroño natal viniste a impartir aquí tus inconmensurables lecciones de Historia del Arte. Y luego te quedaste entre nosotros. Habitualmente, venías a clase con un proyector de diapositivas, lo que significaba que había que apagar las luces del aula; pero, contra lo que pudiera imaginarse, nunca he visto una mayor muestra de saber estar y de silencio que la que evidenciamos aquel grupo de motrileños -parecíamos estudiantes de una school suiza, o todavía más- cautivados por las explicaciones de nuestra profesora. Allí no se oía ni una mosca, ni siquiera un suspiro. Maria del Carmen, nos enseñaste a amar tu asignatura. Quédate mucho tiempo aquí.

Gádor (González Santos), te dejo para el final. Mi sentimiento, por siempre emocionado, es para ti. Tú fuiste la persona, excepcional e irrepetible, que se cruzó en nuestras vidas (Soto, Rubiales, ¿verdad que pensáis lo mismo?). Teóricamente, eras la profesora de lenguas clásicas; pero, realmente, fuiste nuestra confidente y amiga del alma. Echaremos de menos, por siempre, las meriendas de mesa camilla y tertulia, con aroma de alhucema, nueces y castañas, que nos fascinaron en tantas tardes de invierno, tu sensatez y tu cercanía, porque nos comprendiste como nadie en los avatares de nuestra adolescencia. Si entonces tuvimos un “icono”, como hoy se dice, fuiste tú. Y si ahora tenemos en nuestro corazón un recuerdo perdurable, ese es el tuyo.

Por supuesto que tuvimos otros magníficos profesores, muchos de ellos motrileños. Pero permitidme que hoy dedique mi homenaje a algunos de los “forasteros”.

En fin, sirva esto también como respuesta al “prócer” que en su día dijo aquello de que “con tantos institutos, ¿qué mano de obra va a quedar para labrar la vega?”.

F. Javier Alvarez de Cienfuegos Coiduras
Profesor Titular de Universidad 
Facultad de Derecho
Departamento de Derecho Privado, Social y Económico
Área de Derecho Romano

Universidad Autónoma de Madrid 

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