OPINIÓN

Conchi González Cuéllar.Es un gusto comprobar que algunas cosas cambian a mejor, algo que no ocurre tan a menudo. Hace unos años, no más de diez, escribí una carta larga al Defensor del Pueblo quejándome seriamente por algo que me había ocurrido. Era lo mismo que les había ocurrido ya a muchos otros conductores españoles víctimas de alguna “trampa” de una institución supuestamente encargada de velar por la seguridad de los ciudadanos y por el orden en nuestras carreteras.

Acababa de regresar de un viaje por Suecia donde tuve la oportunidad de comprobar cómo la policía sueca estaba verdaderamente volcada en servir a los ciudadanos, los cuidaba y los trataba con el respeto merecido, informando y atendiendo en cada momento con esmero y dedicación. En las carreteras, el límite de velocidad estaba muy claramente indicado, al igual que la presencia de radares para que los ciudadanos –que a veces conducimos en automático (todos!) cuando vamos pensando en nuestras cosas o recorremos trayectos archiconocidos- no se olvidaran del límite establecido y de la presencia del control. Esos avisos eran sin duda un indicador claro de que realmente había un interés por cuidar a los viajeros. Solo pasamos un par de semanas en este país del norte, pero en ese poco tiempo pude apreciar la diferencia con el nuestro en este aspecto. Me sentía protegida. Cuando lo hablé con mis amigos suecos, no acababan de entenderlo, porque para ellos era algo normal. Siempre lo habían vivido así.

Muy a mi pesar, lo que me encontré en una carretera del sur de España a los pocos días de mi regreso de aquel país, fue un radar escondido justo detrás de una señal de 60 que aparecía en medio de una curva. ¿Podría alguien pensar que ese radar estaba puesto ahí para velar por nuestra seguridad? Imposible. Sólo daba pie a pensar que estaba colocado estratégicamente para pillar desprevenidos a los muchos despistados que hacemos ese trayecto casi a diario, que llevamos la mente puesta entre la carretera y nuestras preocupaciones a la vez y que no tenemos tiempo de reducir hasta la velocidad indicada antes de que nos hagan la foto. Me sentí como si ese mismo cuerpo de seguridad que debía protegerme me hubiera puesto la zancadilla a la vuelta de una esquina y aún no contentos con mi caída me hubieran dado una golpe por la espalda. Traicionada y apaleada; así me sentía.

Con actitudes como esta -decía en mi carta/queja al Defensor del Pueblo- es lógico que los ciudadanos desconfiemos cada vez más de los cuerpos que deberían velar por nuestra seguridad y bienestar y que la rabia contenida hacia ellos se vaya manifestando de diferentes maneras –ninguna buena.

Pues bien, con antecedentes como este y otros más similares, hace unos días en Hondarribia no pude evitar tensarme cuando divisé por el retrovisor un coche de la Ertzaintza que nos seguía después de haber dudado sobre nuestro rumbo a seguir en una rotonda. Cuando me hicieron señales de aparcar en el arcén, y dadas las experiencias acumuladas, pensé: “¿Qué encontrarán esta vez estos malditos…”. Pero lo que ocurrió a continuación nos sorprendió gratamente, tanto a mi acompañante como a mí. Enseguida comprobamos que no iban a buscarnos las vueltas para poner una multa, como más de una vez me había ocurrido. Sus intenciones eran otras, y eran buenas. Se trataba de una pareja de jóvenes entusiastas y sonrientes que nos preguntaron si estábamos perdidas. Les contamos que de alguna manera sí lo estábamos, porque no conocíamos la zona y queríamos dejar el coche en un lugar seguro antes de empezar a caminar por un sendero durante un tiempo largo. Muy amablemente nos explicaron dónde estábamos exactamente con respecto a nuestro objetivo y cuál era el mejor lugar para que el coche quedara aparcado en un lugar seguro todo el tiempo que necesitáramos. Se explayaron en darnos todo tipo de detalles; incluso con el google maps nos indicaron con precisión el lugar exacto que nos sugerían para que no nos perdiéramos.

Cuando se fueron, ni mi acompañante ni yo salíamos de nuestro asombro. ¿Es verdad que por fin tenemos en nuestro país cuerpos de seguridad que se preocupan por nuestra seguridad y bienestar, o aquello era solo una excepción? Espero que sea lo primero, y que esta pareja de ertzaintzas del País Vasco represente a una nueva policía, que vela por los ciudadanos y que se preocupa por ellos. Y como me gusta soñar, me imagino ya nuestro país al nivel de la Suecia de hace diez años, donde el ciudadano se acercaba al policía con confianza y cariño, y donde el policía estaba presto a ayudar en todo momento. Como esa Suecia en la que te indicaban que a una determinada distancia había un radar y en la que se recordaba el límite de velocidad en ese tramo para que el conductor lo tuviera muy presente y pudiera rectificar a tiempo si era necesario.

Y como me gusta soñar –repito-, sueño con una España donde los ciudadanos sintamos como algo normal que nuestros cuerpos de seguridad velen por nosotros y nos protejan. Donde policías, guardias civiles y guardias de tráfico, especialmente, no sean el objeto de nuestra rabia y desconcierto por sentir que estamos manteniendo a un grupo de desalmados que se ocupan más de llenar las arcas de la institución que de servir al ciudadano. Espero que esta pareja de ertzainzas no sean una excepción, sino un indicio de que estamos ante un verdadero cambio.

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