Miguel Ávila Cabezas.Que nadie se llame a engaño. La japuta es pez noble donde los haya, a la par que humilde y sencillo. Lo del nombre le viene por lo que le viene, es decir, por esas cosas tan singulares de la lingüística que se fraguan en las profundidades de las etimologías. Si a alguien le da por pensar que el nombre, en sí, proviene de donde proviene, está pero que muy equivocado. Hay que ser o descaradamente analógico o muy perverso para llegar a establecer tal correspondencia que mencionar no quiero.

Ni es acrónimo ni aun menos es palabra compuesta la que designa a este pez teleósteo de la familia de los bramidos (internet provee). El suyo es nombre de gran enjundia pues su procedencia se remonta al árabe hispánico *šabbú?a, que a su vez deriva del árabe clásico šab[b]??, y que hunde su raíz en el arameo šabb???. (Internet sigue proveyendo).

En fin, ¿qué quieren que les diga? Aunque en ocasiones hablo de prestado, aquí lo hago con pleno conocimiento de causa. No me consta en la dilatada historiografía de la japuta que se haya producido jamás desencuentro alguno, ni dialéctico ni siquiera emocional, entre nuestro pez y el humano que a él se le haya acercado con la sana intención de sacarlo de su hábitat marino, alinearlo con otros de su mismo género en un capazo de palma o  en una caja de plástico, conducirlo a la lonja, subastarlo junto con el resto de japutas, derivarlo a una pescadería y ponerlo a la venta a un precio más que asequible para, a tenor seguido, proceder a su proceso de elaboración gastronómica, es decir, a plantearle las distintas maneras en que puede ser cocinado, léase guisado con tomate, al horno, a la plancha, adobado en sus distintas versiones o bien con crujiente de almendras (nuevamente, por citar).

Ante tal abanico de posibilidades culinarias, la japuta nunca ha dicho “esta boca es mía” sino que en todo momento y ocasión se ha prestado con proverbial entereza y resignación cristiana a ser desollada, eviscerada, desespinada, deconstruida en filetes, salada, horneada, rebozada en harina, frita o, quétedigoyo, rellena de bacon que viene a ser lo mismo que ponerle a un santo dos pistolas. Y, ya puestos, en el resto de las mil y una variedades que contempla nuestra rica gastronomía hispana.

Una auténtica mártir de la cocina es lo que es la japuta, entregada plenamente a la causa de ser engullida por un desaprensivo al que le da igual que, en el tiempo anterior a su pesca, la japuta, esa japuta, como otros muchos congéneres suyos, sin duda alentaba en su interior un proyecto de futuro, no sé, algo así como formar una familia, tener un cardumen de japutillas o, en su defecto, obtener el reconocimiento de japuta adoptiva del Cerrillo de Maracena, que es lo que yo, sin ser japuta, sino probo funcionario y escritor de ilusorio prestigio, llevo intentando desde que tengo uso de razón, es decir, desde nunca.

Restituyamos a la japuta la dignidad que no sólo por su nombre se merece. Convengamos que en este mundo traidor japutas desnaturalizados hay muchos (y también muchas): con tupé, sin tupé, de sonrisa demediada, feos, guapos (supuestamente), barbados, imberbes, de farlopero renombre, con expresión de haberse comido tres mierdas seguidas (una detrás de otra), de avieso flequillo y mefistofélicas axilas, acreedores del tres por ciento, marujiles impúdicas, con cara de tonto (y tonta), tortuosas, artificiosas y entaconadas, onanistas todos (y todas) de la palabra y las falsas promesas.

Así que, puestos a elegir, yo elijo a la japuta de verdad, la teleóstea de toda la vida. Esa, llámese como se llame: palometa, castañeta o meramente japuta de toda la vida, nunca me va a fallar en ninguna de sus variantes, tanto culinarias como fonéticas.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here